Por fin, parecía que nunca iba a llegar, pero al final sí: El último día de instituto había terminado. Todos los que me conocían sabían que a mí no me gustaba mucho estudiar. Ahora mis planes eran buscar un trabajo medianamente decente con el que pueda subsistir hasta conseguir algo mejor. Tampoco tenía recursos económicos para costearme unos estudios. Mis padres fallecieron cuando yo tenía tan sólo cinco años en un accidente de coche. Desde entonces vivía con una familia de adopción; Pedro y Raquel eran mis padres adoptivos. Tenían además de mí otros dos hijos, hijos biológicos Pero pese a eso, siempre habían volcado en mí mucho cariño y siempre me había sentido como un hijo biológico más. Pero hace dos años, Pedro se quedó sin trabajo y desde entonces sólo había conseguido algunos trabajillos esporádicos y principalmente subsistíamos la familia entera con el sueldo de Raquel. Era evidente que no teníamos recursos para que todos pudiéramos tener todo lo que queríamos y yo lo dije desde un principio, que todo el dinero para estudios iría para mis dos hermanos que seguro que sabrían aprovecharlo mejor que yo. Yo buscaría un trabajo para ayudar económicamente en casa y que todos pudiéramos vivir un poquito mejor.
Pero no nos desviemos más del tema. Yo estaba en mi instituto y fui al pasillo de los profesores a despedirme de ellos. Había un profesor que era especial, me llevaba con él genial y eso que su asignatura, matemáticas, era una de las que peor se me daban. El caso es que cuando fui a despedirme de él me dijo que le acompañara hasta su despacho, que tenía una sorpresa para mí. No sé qué sorpresa tendría Alfonso para mí, pero la verdad es que ya tenía algo de impaciencia por averiguarlo.
-Bueno Manuel, se terminó, y que quieres que te diga, demasiado bien. No esperaba que aprobases todo a final de curso, pero lo has conseguido, y ese por ese afán de superación que tienes, me enorgullece ser profesor tuyo.
-Gracias Alfonso, usted ha sido para mí un gran profesor que me ha ayudado en muchas ocasiones, por lo que yo le tengo que estar agradecido.
-¡Oh no Manuel! ¡Bobadas! El mérito es tuyo y de nadie más, vales mucho y es una pena que no quieras seguir estudiando.
-Estudiar no es lo mío Alfonso, ya lo sabe usted.
-Ya ya, te conozco bastante bien, llevamos seis años juntos y…quieras que no, se termina conociendo bien a los alumnos. El caso es que como te he dicho, tengo una sorpresa para ti. Se que una de las cosas que te apasionan es la moda y el otro día llegó una oferta de trabajo para trabajar en una agencia de moda, y sin pensarlo, lo guardé para ti. Toma, a ver qué te parece.
Se dirigió hacia una de las estanterías que amueblaban su despacho y cogió una pequeña revista. Era de una conocida agencia italiana: Fiuminoccio. Mucha de la ropa que decoraba mi armario, estaba hecha por diseñadores de esta firma. Sí, no vamos a negarlo, era y soy algo especial con la ropa. Aunque no tenía grandes recursos económicos, siempre guardaba la mayor parte de mi paga semanal para comprar algo de ropa. No me gusta ir vestido de cualquier manera. Bueno, el caso es que mi mejor profesor me estaba entregando la oportunidad de participar en mi sueño. Pero el caso es que Fiuminoccio no tiene oficinas en Roma, eso quizás me crispó un poco.
-Dentro de ese folleto viene explicado todo Manuel. Encontrarás también donde tienes que ir a hacer la entrevista de trabajo. Si no recuerdo mal creo que es en un par de días en ese hotel que está frente a las antiguas termas, no recuerdo bien ahora el nombre.
-De acuerdo, ya lo leo ahora detenidamente.
-Bien querido Manuel, ha llegado el momento de despedirse, ¡Y yo que pensaba que no iba a librarme de ti nunca! Dijo Alfonso mientras se reía.
-Yo pensaba lo mismo maestro. Le echaré de menos.
-Y nosotros a ti Manuel, este instituto no volverá a ser igual sin ti. Como ya te he dicho, ha sido un orgullo ser tu profesor. Te deseo lo mejor en la vida, te lo mereces. Concluyó Alfonso.
Tras esto me estrechó la mano con mucha emotividad y salí de aquella sala. El instituto había terminado, mi nueva vida no había hecho más que comenzar.
A los dos días me dirigí a aquel lujoso hotel a realizar la entrevista de trabajo. Iba vestido con ropa de aquella marca, quizás para causar mejor impresión. A grandes rasgos, me entrevistó un tipo bastante simpático, se llamaba Dupeiron. Me dio bastante esperanza de conseguir aquel trabajo, pero reiteró una y otra vez en que para conseguirlo tendría que irme a vivir a Nápoles, donde ellos tenían las oficinas centrales. Yo le dije que en caso de que me aceptaran no me importaría.
-Está bien Manuel, en unos días te llamaremos para decirte si te cogemos o no. Dijo Dupeiron.
Efectivamente, la llamada no se hizo esperar, y a los dos días ya tenía noticias de Fiuminoccio. Al otro lado del teléfono hablaba una chica, dijo que se llamaba Rossier, y me dio una buena noticia: Me habían aceptado.
Mis padres adoptivos sabían que si me aceptaban tendría que marcharme de Roma. No se lo tomaron muy bien, pero tampoco podían negarse. Así pues, llegó el momento de despedirse. Primero fui a despedirme de mis amigos, en especial de uno que ya era como de la familia: Marcé. Nos conocíamos desde pequeños y aunque no siempre nos habíamos llevado bien, últimamente éramos muy buenos amigos. Sabía que de vez en cuando nos veríamos, pero evidentemente las despedidas siempre son algo tristes. Nadie podía decirme en aquel momento que en algún tiempo Marcé me presentaría a la mujer que marcaría mi vida y que la condicionaría como nunca nadie lo había hecho.
Llegó el momento de despedirse de mis padres y hermanos. Los vería también muy a menudo, además de que ahora, mandaría algo de dinero a casa para ayudar un poco.
Las maletas estaban hechas, el tren en el andén y mi nueva vida lista para disfrutarla. Me marchaba de Roma sin saber si algún día volvería.

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